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Misión de MJ

                  

Nombre: Amy Guardiola

Fecha y Lugar de Nacimiento: 30 de Marzo de 1976 en Tegucigalpa Honduras.

Estudios: Ingeniera Electricista en la UNAH.

Comunidad: Victoria de Dios en Tegucigalpa Honduras.

Hobbies: Cantar, Bailar, Leer
.
Comida Favorita: Lasagña, Yuca con Chicharrón.

Pelicula Favorita: La Novicia Rebelde.

Frase Celebre: "Todo por amor a Cristo".

Testimonio

 

  Hace 7 años, cuando tenía treinta y ocho años, me diagnosticaron un cáncer de mama. La gente suele utilizar la expresión: "me muero por un vaso de agua". Durante los años siguientes yo podía decir que "me muero por poder vivir".

    Un día mi doctora mandó hacer una mamografía pues sentía algunas molestias en mi pecho izquierdo y mi familia tenía antecedentes en cuanto a cáncer. Los resultados de la mamografía dieron negativos por lo que pensamos que no había que preocuparse. Sin embargo el dolor continuó durante tres años. Aunque la doctora me aseguraba que no era necesario hacerme mas pruebas, me decía a mí misma que si se equivocaba me enfadaría mucho. Frustrada, finalmente fui a otro médico. Después de rehacer mi historial
médico le pedí hacerme una mamografía. Sin dudarlo me contestó: "por supuesto". En el resultado de la mamografía aparecía con una palabra de precaución "indicios". El informe hablaba de calcificación en mi pecho izquierdo y sugería repetir la mamografía dentro de tres meses para observar si hubiese algún cambio.
    Una semana después me desperté con un mancha húmeda en mi camisón. Me fijé que salía pus por el pecho. Acudí urgentemente al médico quien ordenó una biopsia. Aquella noche el teléfono de casa sonó. Mi corazón palpitaba muy rápidamente mientras acudía a cogerlo. Sin palabras previas, el cirujano me dio la noticia de la siguiente manera: "usted tiene cáncer". Me quedé sin aliento y me tuve que sentar "helada" en la silla, casi sin poder colgar el teléfono. ¡No podía creerlo! Yo tenía tres hijos pequeños - Jeremías de 16 años; John de 11 años y Peter de 6 - y además mi marido Philip. Tenía mis planes hechos: ampliar mi estudio privado de piano, haciendo un esfuerzo musical para servir mejor al Señor. Yo no quería ser una mujer estática. Tan pronto como recibí el diagnóstico, me sometí a una mastectomía radical. El cirujano decidió quitar todos los nudos linfáticos para evitar que el cáncer se extendiera. El pronóstico era bueno. Los nudos linfáticos daban "negativos". Debido a que los médicos no detectaron ningún otro signo de cáncer, mis temores a poder morir no llegaron a sobrecogerme. Philip hizo un esfuerzo por darme ánimo y me aseguró que pasara lo que pasase, él seguiría amándome y cuidándome. Aunque yo me sentía como mutilada o incompleta, él me trataba como una mujer completa. Sin embargo, dos meses después, mi cirujano pensó que habían indicios de cambios en el pecho derecho, por lo que ordenó una biopsia. Cuando tan solo estaba comenzando a sobreponerme física y emocionalmente del trauma de perder un pecho, de repente una nueva biopsia indica que me tienen que practicar una nueva mastectomía.
La cirugía me produjo un dolor tremendo. Comencé con un programa de fisioterapia para recuperar el movimiento en mis brazos. Trabajé duro en la rehabilitación pues quería recuperarme pronto para poder continuar enseñando piano a mis alumnos. Desesperadamente quería regresar a mi vida normal. Quería estar nuevamente entera, en mente, cuerpo y alma.
    En Septiembre, dos meses después de la operación, me sentí suficientemente fuerte como para trabajar en la Escuela Superior donde enseñaba piano y acompañaba a coros. Sin embargo, tan solo tres semanas después de empezar, fui sobrecogida con más malas noticias. Durante una consulta rutinaria, mi oncólogo descubrió un bulto en mi cuello. Al día siguiente, el cirujano confirmó mis temores: "por los indicios, creo que es un rebrote del cáncer." El hecho de que tan solo diez días antes el médico me haya observado y no hubiera visto ningún bulto y el rápido crecimiento del tumor, hacía pensar que el cáncer era agresivo y que no había sido cogido a tiempo. Nuestras esperanzas, de Philip y mía se estaban perdiendo. El se desesperaba orando y orando por mi salud y para que no ocurriera nada a mi vida. Estabamos preocupados con lo que ocurriría y nos preguntábamos hasta dónde podríamos aguantar. ¿Cómo íbamos a continuar criando a nuestros tres hijos y a la vez tratando mi enfermedad?
    El pronóstico cambió tristemente a peor. Yo tenía tan solo un 20 por ciento de probabilidades de sobrevivir. El tratamiento consistía en fuertes dosis de radiación diarias con la esperanza de que las células cancerígenas fueran eliminadas. Cuando acabé con el período de radiaciones, me encontraba muy deprimida. Necesitaba un pequeño descanso. Así, en Navidades nuestra familia, muy numerosa, nos regaló un viaje a Hawai, pero no me encontraba en condiciones para disfrutar enteramente de su belleza. Me angustiaba con pensamientos sobre mi propia muerte. Me sentía peor y llena de desesperación. Pero un día que hicimos un viaje en helicóptero sobre la Isla Kauai, me llené de ánimo al contemplar el poder, la magnificencia y longevidad de la tierra. ¡Qué diferente a la fragilidad, fealdad de la corta vida humana!. Cuando divisé el viejo cráter del volcán y el océano azul me di cuenta de lo pequeñita que era. Todas mis angustias e interrogantes acerca de la enfermedad y la muerte parecían disiparse. "De acuerdo", le susurré suavemente a Dios. "Tú eres el Señor; tú eres el Creador, tú hiciste todo esto. Tú eres el alfarero, y nosotros somos vasijas de barro. Tú nos das la vida, y Tú tienes el poder de quitárnosla". Divisando aquella belleza y majestad llegué a comprender que aunque yo parecía una pequeña manchita en medio del Universo, la Vida era un tesoro, un regalo de Dios.
    A medida que mis pequeñas vacaciones se iban acabando me iba sintiendo más y más una luchadora. Comprendí que mi vida estaba en las manos de Dios y que debía hacer todo lo que estuviera en mis posibilidades para sobrevivir, para cuidar y mantener ese regalo de vida que Dios me había dado.
    Seis semanas después, cuando fui para un chequeo a través de un escáner se vio que el cáncer se había extendido hasta mi esternón. Ahora, el cáncer se había extendido hasta mis huesos, por lo que me quedaba de vida un año o dos como máximo. De todo lo que había aprendido con el cáncer de mama, sabía que el tratamiento podía ir desde uno moderado a un tratamiento muy agresivo. El tratamiento más agresivo que se me ofrecía era el de transplante de médula ósea. Midiendo mucho mis opciones yo creía que el transplante de médula era mi única opción de sobrevivir y de poder curarme. El tratamiento es radical: el médico te quita un trozo de tu médula, la congela, te trata con quimioterapia llevándote casi hasta la muerte; luego te reinserta tu propia médula para regenerar tu sangre - de otra forma hubiera muerto por envenenamiento -. El veinte por ciento de las personas que son tratadas con este tipo de terapia suelen morir durante el mismo; la mayoría mueren por una infección posterior o bien porque el cáncer no había sido eliminado con el tratamiento de quimioterapia.
    Philip y yo, firmamos el documento de consentimiento, sabiendo que este procedimiento podría acortar drásticamente mi vida. Estabamos ante un gran dilema: ¿me curaría con este tratamiento o bien esto supondría mi muerte? Yo me sentí, igual que Tarzán en una película; es decir, como si un grupo de nativos me estuviera persiguiendo a través de un río lleno de cocodrilos. El cáncer (como los nativos) iba a matarme, y además muy pronto. El tratamiento (al igual que el río) era muy peligroso pero mi única opción de salvarme. Tenía que zambullirme en él.
    Aquel lunes que acudí al hospital, me llevaron Philip y los niños. A los chicos no les permitieron entrar en la unidad de transplantes; tuvimos que decirnos adiós en el hall de entrada. Los tres chicos lloraban pues a ellos sólo se les permitirían pocas visitas, aunque Philip podría verme todos los días. Como si fuera una chiquilla adolescente, a pesar de que era una madre madura con tres hijos, no fui capaz de encarar la posibilidad de que quizás nunca más les volvería a ver, así que les dije: "os quiero mucho. Os veré el domingo cuando vengáis a visitarme". Después del transplante de médula, tuve que estar aislada durante varias semanas porque mi sistema inmunológico había sido destruido con la quimioterapia, haciéndome susceptible a cualquier tipo de infección. Entonces fue cuando pasé largo tiempo clamando al Señor y rogándole con todo el sentimiento de desesperación que tenía. Luché para sobrellevar la soledad, mi temor a la muerte y la rápida degradación de mi apariencia física. Mi pelo corto se me cayó en menos de una semana; mi piel se llenaba fácilmente de moretones y mis ojos estaban llenos de sangre.
    El proceso de envenenar mi cuerpo con quimioterapia para matar todas las células cancerígenas me llevó al borde de la muerte de la que estaba intentado escapar. A veces, cuando la dirección médica esperaba que podría morir en cualquier momento, me recordaba a mí misma que había hecho aquello para poder vivir.
    Durante una semana tuve fiebres incontrolables y apenas tenía glóbulos blancos en la sangre. Los médicos le dijeron a mi marido que creían que mi cuerpo no podría fabricar más aquellos glóbulos blancos. Pero yo, postrada en aquella cama, le daba gracias a Dios por los sufrimientos y el dolor que El padeció en la cruz. Incluso, si Jesús era enteramente Dios, también era enteramente hombre. Sus terminales nerviosas eran iguales que las mías y por tanto su dolor, si no era mayor al menos era como el mío. Pensé en todas las intervenciones quirúrgicas que me habían practicado, en los tratamientos de radiaciones y en la quimioterapia. Comprendí que todos ellos habían sido un intento para curarme. Pero mi más profundo y auténtico descubrimiento fue que "Por su llaga fuimos nosotros curados". (Isaías 5:3,5) Me imaginé a mí misma asistiendo a la graduación de mis hijos en la Escuela Superior, o acudiendo a la Iglesia y orando al Señor. Y en un hermoso día de primavera - exactamente cuarenta y dos días después de mi hospitalización - el doctor me dijo que me podía ir a casa. Y cuando nosotros estabamos llegando de regreso a casa, pudimos escuchar los gritos de alegría de los niños: "¡mamá vuelve a casa!". Llamé a la puerta, y las caras de alegría de los chicos se volvieron de asombro cuando vieron mi cabeza sin pelo. Yo sabía que me tocaba a mí romper el hielo y ayudarles a sentirse mejor. Así que saqué mi más dura mirada de madre y les dije: ¡mirad chicos, he pasado por una prueba muy dura y estoy muy cansada, así que no me toméis el pelo! Los tres estallaron en risas. "Pero mami...", gritaron ellos, "...si tú no tienes nada de pelo".



    Técnicamente continúo teniendo cáncer, incluso si hace mas de cinco años que no he mostrado ningún síntoma o señal de padecerlo. Se me considera una persona de alto riesgo en volver a recaer. Verdaderamente es un milagro que esté aún viva. Puedo hablar de aflicción porque la padecí realmente, y aprendí que ninguno de nuestros sufrimientos son vanos. Como cristiana, tengo el Espíritu de Dios en mi vida, y cada día por tanto, puedo elegir de qué manera encarar cada situación en la que me encuentre. ¿Seré un vencedor, o seré una víctima? ¡Que a Dios sea la Gloria! Intento cada mañana entrenarme y decirle al Señor: "Gracias, Señor, porque mi copa está medio llena." Mejor eso que pensar que está medio vacía. Gracias a Dios, logré ganar la batalla. En lo más profundo de mi corazón, creo que he sido sanada. Luché desesperadamente por mi vida, y he decidido aprovechar y festejar cada minuto que Dios me dé aquí en esta vida.

 

Claudia Lama

 

 

        

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